Hoy 7 de agosto del año 2017 he sido honrado con la elección de mi persona como Gran Maestro de la Gran Logia del Norte de Colombia; acto trascendental en mis 42 años de vida masónica que se inició el día 10 de noviembre de 1975 en la logia siglo 19-24-1 de la Gran Logia Nacional de Colombia, siendo recibido por los ilustres masones José Stevenson Collante, Diego Bustillo Bustillo y Abel Parada Hernández, quienes reposan en el oriente eterno.

 En la masonería como centro de estudios y reflexión, he aprendido en el pulimiento de la piedra bruta a ser tolerante, reflexivo y respetuoso de la diversidad ideológica, y a conocer la importante participación de la masonería en la revolución liberal del siglo XIX, en donde a través del libre pensamiento y circulación de nuevas ideas, se desafió la inquisición intelectual e ideológica orientada por otras vertientes del pensamiento.

Estas manifestaciones libertarias sirven como base para impulsar y propender por los principios de libertad, igualdad y fraternidad en la existencia del ser humano, con criterios en donde impere la justicia social y el derecho a la inclusión.

Los lazos entre los hombres son sagrados, y generan unos vínculos que superan cualquier interés particular por loable que pudiera parecer a primera vista. No quedan, pues, los límites en manos del que tiene, frente al que no tiene, sino que pasan al terreno de la justicia distributiva.

Este concepto que se enseña en cualquier logia, es imprescindible para formar hombres rectos, de juicio sano y moral estricta. Personas en suma, que tengan eso presente cuando vayan a ejercer el gobierno y que se empeñen en obtener aquello que es justo, frente a lo que es aparente.

El significado enciclopédico de la palabra fraternidad es el siguiente: “unión y buena correspondencia entre hermanos o entre los que se tratan como tales”.

La masonería nos enseña a cultivar la fraternidad, que debería ser un lazo más íntimo y profundo que la simple amistad, y a la vez su extensión más amplia, por cuanto abarca o debería abarcar a todos quienes la reconocen y profesan, compartiendo la comunidad de sus ideales, objetivos y     aspiraciones, aún cuando   su   cultura y sus ideas pueden ser muy diferentes.

Por tal razón se le hace despojar a uno previamente de sus errores, ilusiones, falsas creencias, y por medio de la iniciación se le enseña el camino de la verdad; cuyo precioso conocimiento se le indica simbólicamente, por medio de la palabra sagrada, significando su propio grado de comprensión. Con ésta y con sus signos, tocamientos y palabras, cuyo conjunto constituye la actitud masónica, estará capacitado para hacerse reconocer universalmente como hermano, puesto que sólo podemos encontrar la fraternidad en la misma medida y grado en los que la reconocemos y   practicamos.

Como escuela de fraternidad y moralidad, más aún que de verdad, la masonería necesariamente se limita a presentar a sus miembros esos ideales, a la vez que despierta en ellos la conciencia de los deberes que los mismos imponen y que son los únicos que pueden hacer efectiva su realización, en la senda estrecha y rectilínea que marca la regla, con el auxilio de la escuadra, que representa la recta actitud, acompañada por el compás de una visión y un discernimiento cada vez más   amplios y   comprensivos.

Debería la fraternidad poderse extender a todos los hombres indistintamente, constituyendo la base de todas las relaciones humanas, pero por el hecho de que exige comprensión y reciprocidad, y dado también que estas, al igual que las demás cualidades y actitudes humanas, sólo pueden manifestarse y desarrollarse gradualmente, a la fraternidad no le es dable existir sino en medios y sociedades de tipo masónico,   que   prudentemente   la   limitan a su mismo grado de comprensión.

Los principios y deberes aquí mencionados deben constituir el verdadero patrimonio de un masón para que con la aplicación de ellos sea integro.